Cuento de Lisa María lopez
dedicado a Ernesto Fernandez Bernardo 1938-2008 (q.e.p.d)
Ernesto, desde el domingo a las ocho y cuarto tenemos dificultades para comprender qué es el tiempo, ya no nos sirven los relojes ni los calendarios, tampoco las estaciones del año, ni el día y la noche, ni contar compases… no sé… hay una profundidad de este concepto que se confunde desde que no estás. Como si el mundo estuviera detenido por dentro y, a la vez, en su superficie fuera imparable. Ahora, la música es también una forma de tiempo y los verdes de Picasso y el ascensor y el movimiento de los transeúntes que se ven desde tu ventana.
Los calendarios y las agendas marcan las oportunidades de realizar actividades diversas, pero todas ellas parecen actos sucesivos, torpes y poco interesantes porque no cuentan con tu presencia, con tu posterior comentario siempre tan pertinente y preclaro, con esa manera tuya de habitar la música en los conciertos y de captar la esencia de la pintura. Nos faltas para encontrar la luz escondida en las formas que nos rodean, como cuando hay nubes y de repente surge un claro y la gente dice “parece que va a abrir el día”, pues tú nos abrías el tiempo, la música, la ciencia, el arte… la vida.
Queremos escuchar tu voz, atesorar tus anécdotas, queremos que nos escuches porque eres un escuchador entrañable (contar con tu atención era un premio inmerecido), eres un magnífico comunicador cuando explicabas una cosa, hasta las teorías más complicadas resultaban sencillas.
Siempre me ha conmovido esa fascinación ante el mundo, compartida por Gabriela y por ti, esa infinita curiosidad que experimentáis frente a la vida, esa apertura que manifestáis a cada instante, sois inteligentes, estimulantes y nobles, me siento agradecida de contar con vuestra amistad. Amigo, gracias por esa afinada nota de sensatez que fue tu vida, por enseñarnos el valor de la humildad y de la fe, son lecciones que pocas veces podemos recibir de manera tan certera y honrada.
Cuando nos despedimos en Madrid, en la boca del metro Núñez de Balboa, estaba tan segura (y tan equivocada) de un próximo encuentro que sé que nos acompañarás cuando vayamos a buscar libros a la Cuesta de Moyano, cuando busquemos un sito tranquilo para tomar un café en la calle Alcalá o pasemos frente a la escultura de las maletas en Atocha.
Isabel Coixet, recordando la anécdota de Vincenzo Perugia, aquel ladrón de La Gioconda que escondió durante dos años el cuadro en el armario de su habitación, ella se pregunta qué hizo Perugia cuando salió de la cárcel “¿volvió al Louvre para verla?¿O regresó a su habitación para llorar delante del armario con las puertas abiertas?”… Ernesto, ¿qué haremos nosotros?, ¿aprenderemos a leer otra vez la hora en los relojes o siempre serán las ocho y cuarto?
Ernesto, está lloviendo, a lo lejos, se ve un claro, tú estás en la lluvia y en el sol y a la sensación de paz, que me provoca evocarte así, se suma la satisfacción de saberte en el centro del Amor.
Toledo, España, 2008.